Suponer que «sé lo que quiere el cliente».
Siempre se pone en primer lugar la creencia irrefutable del creador del negocio de que él
conoce quiénes serán los clientes, qué necesitarán y cómo vendérselo. Cualquier observador
desinteresado reconocería que el primer día en una startup no hay clientes y que, a menos
que el emprendedor sea un experto y domine verdaderamente el mercado, él sólo puede
realizar suposiciones sobre el cliente, el problema y el modelo de negocio.
El primer día,
una startup es una iniciativa basada en la fe y llena de supuestos. Sin embargo, la
metodología tradicional de introducción de productos lleva a los creadores de un negocio a
creer que esos supuestos sobre el modelo de negocio son hechos comprobados y ello los lanza
a diseñar un producto y a gastar dinero para producirlo en una carrera por generar cuanto
antes el «primer envío a los clientes» y todo esto antes de hablar con un sólo cliente.
Para tener éxito, los creadores del negocio necesitan transformar las hipótesis o
supuestos en hechos tan pronto como sea posible, saliendo a la calle, preguntando a los
clientes si las hipótesis son correctas y rápidamente cambiar aquellas que estuvieran
equivocadas.
El segundo supuesto erróneo se produce implícitamente por el primero. Los emprendedores,
suponiendo que conocen a sus clientes, asumen que conocen todas las funciones que éstos
necesitan. Estos creadores de negocios especifican, diseñan y construyen un producto con todas las características empleando métodos clásicos de desarrollo de productos sin tener que
salir de la oficina. Un segundo... ¿es esto lo que debe hacer una startup? No. Eso es lo que
las empresas con una cartera de clientes ya creada hacen.
El proceso de desarrollo en cascada evoluciona de forma secuencial y sin
interrupción durante un año o dos.
El progreso se mide por cada nueva línea de código escrito
o nueva pieza de hardware creada según avanza el proceso hasta que se termina el producto.
Sin embargo, sin un contacto directo y continuo con el cliente, no se sabe si las
características de ese producto serán de interés para los clientes. Arreglar los fallos
inevitables después de producir y enviar todo el producto es costoso y una pérdida de tiempo,
y puede ser fatal, pues la posibilidad de dejar obsoleto al producto desde su lanzamiento es
muy alta.
Peor aún, a menudo se genera un enorme derroche de ingeniería, con cientos de
horas de trabajo desperdiciadas o con un montón de código cortado y tirado por los suelos,
cuando los clientes dicen que las nuevas características no les interesan. Irónicamente, las
startups se ven entonces paralizadas por la misma metodología que se utiliza
tradicionalmente para construir nuevos productos.
